Cruzando la pista Delia tomaba mi
mano, desde ese momento ésta dejaba de pertenecerme, las falanges esqueléticas
se alejaban cada vez más de mí para pertenecerle voluntariosamente. Mirada de
la Sra. Iribarne y hoy vamos a mi lugar favorito, la sonrisa de Delia
resplandecía a ambos lados de la calle, sus cabellos compelidos en un muñón
castaño y yo cada vez más lejos de mí, sin una mano pero feliz. ¿Dónde?, pues
donde mamá Rosa ¿cómo? yo también pensé haber escuchado mal, señora Iribarne, a
demás me era imposible negarle algo, donde mamá Rosa, Delia.
— Creo que usted se equivoca — dijo el Sr. Iribarne — ella era completamente consiente de todo.
—... Delia - exclamé.
Su rostro formando una constelación de imágenes, un ramo de rosas, un paseo en bote, te equivocas- pensé- mamá Rosa no volverá, jamás lo hará, la heladería es ahora una tienda de baratijas, Delia y ¿quién dices?, tu inocencia paraliza mi razón, tu candidez te vuelve perfecta y símbolo de beldad. Estático. En medio de la pista dejé de caminar, asías mi mano como esperando que reaccionase, qué pasa, tontito, vamos. Reafirmo lo dicho, inmóvil, ni un paso más, esperando el cambio de colores para poder descansar, observando cómo intentas despertarme de mi letargo con palabras sin sentido, con diminutivos incoherentes y que lo último que en realidad desearía ver fueras tú, Delia ¿ pensó eso? Tal vez sí. A cada instante perdía mi voluntad. Estas ya no me pertenecían. Fue el momento Sra. Iribarne.
—… Y el mío será de frambuesa — dijo Delia — a menos que Antonito prefiera otro.
— Júrelo — dijo el Sr. Iribarne — reafirme sus palabras.
— ¿Quién? — pregunté
Los autos se acercan, Delia, cumple el deseo de caer junto a ti, de verte, de obsequiarte mi mano si así lo deseas, sólo deja de mencionar a mamá Rosa, por favor, te lo suplico, tranquilo, joven, ella no volverá, está muerta y así continuará, este es el momento para alcanzarla, los dos o los tres. Ese es uno rojo y parece que tiene prisa, tontito, si te tardas llegaremos tarde; por qué he de paralizarme al contemplarte, es una quimera el tan solo tratar de ignorarte, después de todo… y que el mío sea de nueces, mi conato es hacer de tu risa una realidad, el patíbulo espera por mis más profundos arcanos. Y avanzo, Sr. Iribarne, ella provoca para mi coleto algo sin definición, estoy impelido a obedecerla y bueno si tú quieres, ahora apúrate. Delia parecía preocupada en algo más allá de mí o de un postre, a cada momento lanzaba una mirada al vacío y le dirigía la palabra, su mirada estaba a la altura de sus pueriles caderas, ya llegamos, dice, ya llegamos, Delia, deja que te explique.
— Que no había nada — dijo el Sr. Iribarne.
— Qué raro — se lamentó Delia.
— A lo mejor está de viaje — dije.
— No puede ser, ayer hablé con ella — explicó Delia.
— Usted está loco — gritó en nombre de la iniquidad el Sr Iribarne
Argüir que es mentira es aceptar la frase de Delia, sus labios expelen confianza e inocencia, yo estoy seguro de mi insania, mas no en la tuya, Delia. Cómo se atreve, solo relato lo que escuché, Sr Iribarne y ella hay que esperarla un rato, somos sus más asiduos clientes. La tienda de baratijas está construida sobre las cenizas de un viejo burdel y éste sobre los escombros de una heladería. La viaraza se apodera de todo y quisiera librarte de esta situación, tomarte de los brazos, besarte y luego salir corriendo de aquí, en este lance soy yo quien debe tomar protagonismo pero no reír. ¿Ríes, Delia? Qué untuoso es todo esto, en el más absurdo de los momentos es cuando ríes, nombras a Antonito y nada más, vives por Antonito y nada más. Antonito dice que nos vayamos y la mirada perdida, ahí, a la altura de sus caderas, habla con tanta seguridad, me es imposible descifrar las frases, solo se escucha: Antonito, Antonito.
— Vamos al parque — dice Delia.
—… — relata Antonito.
— No sé si confiar en usted - dice el Sr Iribarne.
— Por favor, Sra. Iribarne, usted lo sabe - rogué desesperanzado.
Mientras nos dirigíamos al parque ella no dejaba de sorprenderme, sus pasos seguros desmentían su edad, su cabellera era dorada a la luz del sol, su mano en forma de puño golpea el aire, sostiene algo… cuando llegó estuvo encerrada en su habitación y mientras observábamos la floresta acomodó su falda gris a rayas y se sentó en el césped, corre, gritó, juega, confirmó, en la resolana sus palabras parecían formar un vendaval de confusiones, los arcanos jugueteando con el viento y ella estuvo silenciosa un buen rato, pero minutos después gritaba, alegre, parecía, otras muy furiosa, cómo decirlo… una ninfa jugueteando con las mariposas (¡hadas!) no pudo estar cinco segundos sentada, su alma de niña feliz la impelía a ralentizar el tiempo, corre, grita, todo el parque es tuyo y cuidado Delia, hay muchas rocas por aquí. Ha vejado mi razón, mientras continúa el juego ella parece proteger algo o alguien, se quita la campera, felicidad de niña, corre con cuidado, por favor, se detiene ¿qué pasa, Delia?... parecía una madre. ¿Estás segura, Delia? Ella sí, cómo he de equivocarme, soy su madre y sé el comportamiento que debe tener una, además luego lloró y lo nombró, mientras trataba de consolarte tus gemidos reverberaban en todo el lugar, sin embargo debo cuidarlo, sólo lo tengo a él, vivo para él, ya no llores, Antonito, por lo que más quieras, ya no llores.
— Y ahora me lo vienes a decir, Delia — rugió el Sr Iribarne
— N- no lo sabía — titubeó la Sra. Iribarne
— Ése era el nombre — expliqué.
En el paráfrasis me encontraba con una pared con nombre, su estatura me hacía imposible saltarla, rodeados de polen y robles de más de cincuenta años, Delia ubicase en medio de la incoherencia, sujeta esperanzada la campera, tengo frío, el aroma de los jazmines lo marea, castañeaban le los dientes, traté de arroparla y debes cuidarte, Delia, recuerda el asma, ella cómo dices eso, acaso no ves que él lo necesita más. Oh, Delia, el hálito universal envuelve esta confusión y aquiescencia, oscila la cordura y el amor, tus palabras ( frases, en realidad) entran en lid con la insania, sin embargo hay que cuidarlo, cómo dije eso, perdón, perdón, no llores, toma mi gabán y no llores, acaso sus lagrimas rozando por sus pómulos, viajando por las mejillas y estancándose en su boca me vuelven indefenso, no encuentro medio para protegerme de su galimatías, a casa, claro, Delia, a casa, con una mano limpias los vestigios del llanto y con un beso recompensas mi cariño, eso de estar a la intemperie te hace mal, siempre con tu templanza, tontito y vuelves a la carga con lo de Antonito, Antonito, luego se te acerca un gato, pequeño y negro, a éste no le dañaron un ojo, Delia, ella ríe, es su cuento favorito pero no es su animal preferido, que se aleje del niño, es alérgico a todo, el gatito lindo pero debo cuidarlo y él en la más profundo de las zozobras, contemplándote estúpido, su cuento favorito, tontito, es seguro que no gusta de ningún animal, recuerda acaso el conejo ése, tan blanco como la sal de casa, tan puro como el agua de manantial y muerto solo a la semana, Sra. Iribarne, se murió así porque así, nunca lo tocó, siempre protegiendo algo o alguien, mirando a la altura de sus caderas, contemplándolo con el amor que no me pertenece, a casa, te serviré café con leche y nada de gatitos, Delia, ya nos vamos, limpia la falda, aquí en el parque hay muchos bichos, qué asco, has vuelto a sonreír (perlas como brillo de mañana), en tu ausencia he de recordar y proyectar tus dientes, tus cabellos (sólo porque les gusta a los poetas) y tus ojos del color indescifrable ( ¡qué decir de los ojos!) serán el escapulario inolvidable que llevaré por siempre conmigo.— No ha vuelto a nombrarlo — dijo la Sra. Iribarne.
— Creo que usted se equivoca — dijo el Sr. Iribarne — ella era completamente consiente de todo.
—... Delia - exclamé.
Su rostro formando una constelación de imágenes, un ramo de rosas, un paseo en bote, te equivocas- pensé- mamá Rosa no volverá, jamás lo hará, la heladería es ahora una tienda de baratijas, Delia y ¿quién dices?, tu inocencia paraliza mi razón, tu candidez te vuelve perfecta y símbolo de beldad. Estático. En medio de la pista dejé de caminar, asías mi mano como esperando que reaccionase, qué pasa, tontito, vamos. Reafirmo lo dicho, inmóvil, ni un paso más, esperando el cambio de colores para poder descansar, observando cómo intentas despertarme de mi letargo con palabras sin sentido, con diminutivos incoherentes y que lo último que en realidad desearía ver fueras tú, Delia ¿ pensó eso? Tal vez sí. A cada instante perdía mi voluntad. Estas ya no me pertenecían. Fue el momento Sra. Iribarne.
—… Y el mío será de frambuesa — dijo Delia — a menos que Antonito prefiera otro.
— Júrelo — dijo el Sr. Iribarne — reafirme sus palabras.
— ¿Quién? — pregunté
Los autos se acercan, Delia, cumple el deseo de caer junto a ti, de verte, de obsequiarte mi mano si así lo deseas, sólo deja de mencionar a mamá Rosa, por favor, te lo suplico, tranquilo, joven, ella no volverá, está muerta y así continuará, este es el momento para alcanzarla, los dos o los tres. Ese es uno rojo y parece que tiene prisa, tontito, si te tardas llegaremos tarde; por qué he de paralizarme al contemplarte, es una quimera el tan solo tratar de ignorarte, después de todo… y que el mío sea de nueces, mi conato es hacer de tu risa una realidad, el patíbulo espera por mis más profundos arcanos. Y avanzo, Sr. Iribarne, ella provoca para mi coleto algo sin definición, estoy impelido a obedecerla y bueno si tú quieres, ahora apúrate. Delia parecía preocupada en algo más allá de mí o de un postre, a cada momento lanzaba una mirada al vacío y le dirigía la palabra, su mirada estaba a la altura de sus pueriles caderas, ya llegamos, dice, ya llegamos, Delia, deja que te explique.
— Que no había nada — dijo el Sr. Iribarne.
— Qué raro — se lamentó Delia.
— A lo mejor está de viaje — dije.
— No puede ser, ayer hablé con ella — explicó Delia.
— Usted está loco — gritó en nombre de la iniquidad el Sr Iribarne
Argüir que es mentira es aceptar la frase de Delia, sus labios expelen confianza e inocencia, yo estoy seguro de mi insania, mas no en la tuya, Delia. Cómo se atreve, solo relato lo que escuché, Sr Iribarne y ella hay que esperarla un rato, somos sus más asiduos clientes. La tienda de baratijas está construida sobre las cenizas de un viejo burdel y éste sobre los escombros de una heladería. La viaraza se apodera de todo y quisiera librarte de esta situación, tomarte de los brazos, besarte y luego salir corriendo de aquí, en este lance soy yo quien debe tomar protagonismo pero no reír. ¿Ríes, Delia? Qué untuoso es todo esto, en el más absurdo de los momentos es cuando ríes, nombras a Antonito y nada más, vives por Antonito y nada más. Antonito dice que nos vayamos y la mirada perdida, ahí, a la altura de sus caderas, habla con tanta seguridad, me es imposible descifrar las frases, solo se escucha: Antonito, Antonito.
— Vamos al parque — dice Delia.
—… — relata Antonito.
— No sé si confiar en usted - dice el Sr Iribarne.
— Por favor, Sra. Iribarne, usted lo sabe - rogué desesperanzado.
Mientras nos dirigíamos al parque ella no dejaba de sorprenderme, sus pasos seguros desmentían su edad, su cabellera era dorada a la luz del sol, su mano en forma de puño golpea el aire, sostiene algo… cuando llegó estuvo encerrada en su habitación y mientras observábamos la floresta acomodó su falda gris a rayas y se sentó en el césped, corre, gritó, juega, confirmó, en la resolana sus palabras parecían formar un vendaval de confusiones, los arcanos jugueteando con el viento y ella estuvo silenciosa un buen rato, pero minutos después gritaba, alegre, parecía, otras muy furiosa, cómo decirlo… una ninfa jugueteando con las mariposas (¡hadas!) no pudo estar cinco segundos sentada, su alma de niña feliz la impelía a ralentizar el tiempo, corre, grita, todo el parque es tuyo y cuidado Delia, hay muchas rocas por aquí. Ha vejado mi razón, mientras continúa el juego ella parece proteger algo o alguien, se quita la campera, felicidad de niña, corre con cuidado, por favor, se detiene ¿qué pasa, Delia?... parecía una madre. ¿Estás segura, Delia? Ella sí, cómo he de equivocarme, soy su madre y sé el comportamiento que debe tener una, además luego lloró y lo nombró, mientras trataba de consolarte tus gemidos reverberaban en todo el lugar, sin embargo debo cuidarlo, sólo lo tengo a él, vivo para él, ya no llores, Antonito, por lo que más quieras, ya no llores.
— Y ahora me lo vienes a decir, Delia — rugió el Sr Iribarne
— N- no lo sabía — titubeó la Sra. Iribarne
— Ése era el nombre — expliqué.
En el paráfrasis me encontraba con una pared con nombre, su estatura me hacía imposible saltarla, rodeados de polen y robles de más de cincuenta años, Delia ubicase en medio de la incoherencia, sujeta esperanzada la campera, tengo frío, el aroma de los jazmines lo marea, castañeaban le los dientes, traté de arroparla y debes cuidarte, Delia, recuerda el asma, ella cómo dices eso, acaso no ves que él lo necesita más. Oh, Delia, el hálito universal envuelve esta confusión y aquiescencia, oscila la cordura y el amor, tus palabras ( frases, en realidad) entran en lid con la insania, sin embargo hay que cuidarlo, cómo dije eso, perdón, perdón, no llores, toma mi gabán y no llores, acaso sus lagrimas rozando por sus pómulos, viajando por las mejillas y estancándose en su boca me vuelven indefenso, no encuentro medio para protegerme de su galimatías, a casa, claro, Delia, a casa, con una mano limpias los vestigios del llanto y con un beso recompensas mi cariño, eso de estar a la intemperie te hace mal, siempre con tu templanza, tontito y vuelves a la carga con lo de Antonito, Antonito, luego se te acerca un gato, pequeño y negro, a éste no le dañaron un ojo, Delia, ella ríe, es su cuento favorito pero no es su animal preferido, que se aleje del niño, es alérgico a todo, el gatito lindo pero debo cuidarlo y él en la más profundo de las zozobras, contemplándote estúpido, su cuento favorito, tontito, es seguro que no gusta de ningún animal, recuerda acaso el conejo ése, tan blanco como la sal de casa, tan puro como el agua de manantial y muerto solo a la semana, Sra. Iribarne, se murió así porque así, nunca lo tocó, siempre protegiendo algo o alguien, mirando a la altura de sus caderas, contemplándolo con el amor que no me pertenece, a casa, te serviré café con leche y nada de gatitos, Delia, ya nos vamos, limpia la falda, aquí en el parque hay muchos bichos, qué asco, has vuelto a sonreír (perlas como brillo de mañana), en tu ausencia he de recordar y proyectar tus dientes, tus cabellos (sólo porque les gusta a los poetas) y tus ojos del color indescifrable ( ¡qué decir de los ojos!) serán el escapulario inolvidable que llevaré por siempre conmigo.— No ha vuelto a nombrarlo — dijo la Sra. Iribarne.
— Es un niño, ya lo ves — dijo
confundida Delia.
-— Está en su cuarto — pregunté
-— Está en su cuarto — pregunté
— Sí — dijeron al unísono los señores Iribarne.
— Cómo que no lo ves — dijo Delia indignada.
— Te quiero — confirmé
Cuando han de preguntarme por ti diré la verdad, que la incólume prueba de que la maledicencia no ha podido socavar con tu belleza es explícitamente cierto, la humanidad que demuestras es digna de ínfulas y atavíos, el desprecio a todos por igual (jamás dije esto)… y sobre todo estar ligado a ti. Hoy te visito como cada semana, me has pedido vino tinto y otros extravagantes licores, no te los negaré (no puedo); mientras los coloco en la mesa de noche tus padres me observan dubitativos, mi historia ha calado en ellos más de lo que esperaba, en realidad pensé que para este momento ya no estuviesen aquí, ni siquiera en el país, posiblemente tengan la vaga esperanza de que te lleve a vivir conmigo, posiblemente… (¡Hadas!) y tontito no te olvides de lo prometido y yo jamás, Delia, es un sabor muy extraño, solo espero que al encontrarlo tus padres no lo coman, naranja con leche, cómo habría de saberlo, es callado, sí, si lo hubiéramos sabido ese día tal vez no lloraría ya (risas), lo sé, así son los niños, caerse (hoy ya no lloran por eso), sólo espera el regalo Antonito. Sorpresa.
— Cómo que no lo ves — dijo Delia indignada.
— Te quiero — confirmé
Cuando han de preguntarme por ti diré la verdad, que la incólume prueba de que la maledicencia no ha podido socavar con tu belleza es explícitamente cierto, la humanidad que demuestras es digna de ínfulas y atavíos, el desprecio a todos por igual (jamás dije esto)… y sobre todo estar ligado a ti. Hoy te visito como cada semana, me has pedido vino tinto y otros extravagantes licores, no te los negaré (no puedo); mientras los coloco en la mesa de noche tus padres me observan dubitativos, mi historia ha calado en ellos más de lo que esperaba, en realidad pensé que para este momento ya no estuviesen aquí, ni siquiera en el país, posiblemente tengan la vaga esperanza de que te lleve a vivir conmigo, posiblemente… (¡Hadas!) y tontito no te olvides de lo prometido y yo jamás, Delia, es un sabor muy extraño, solo espero que al encontrarlo tus padres no lo coman, naranja con leche, cómo habría de saberlo, es callado, sí, si lo hubiéramos sabido ese día tal vez no lloraría ya (risas), lo sé, así son los niños, caerse (hoy ya no lloran por eso), sólo espera el regalo Antonito. Sorpresa.