jueves, 26 de septiembre de 2013

De mi próxima visita a Lima

He abandonado los reflejos (aunque aún hablo con ellos). He dejado un cuento impoluto. He vejado la amistad de mil concupiscencias. He abandonado el hogar del abandonado. No, mi amigo, esto no va ni irá en verso (basta ya de esa palabra). Acabo (o no acabo) de terminar un trabajo. Otros escritos de mierda sobre escritores de mierda y ya no puedo más. Me afligen las horas. Me atormenta el segundero. Me detuve cinco segundos y las letras ya no fluyen (ya no fluye la permanencia). Debo leer, me digo. Debo llover, me digo.
Ah, llover… Si tan sólo fuera la palabra propicia (creo que me entiendes, mi amiga). Va a llover en Lima, va a formarse un charco de mierda y caminaré por él.
Es el sonido de la guitarra lo que oyes ¿no es así? Ahora se va formando, entra por tus ombligos frontales y percibes la incomodidad de estar leyendo esto.
Son las líneas del porvenir, son la copula del que llega. Él o ella no lo saben pero va a ser casi de improviso. Solos en una cama rodeada de rostros. Rostros rodeando un par de cuerpos desnudos, lujuriosos de placer… el placer del conocimiento.
¿Te olvidaste de la lluvia, mi amigo? Debo reconocer que por un segundo, o tal vez dos meses yo la olvidé. Se diluía en las pisadas; en las escaleras para ser exactos. Cada paso la dejaba olvidada. Y ahora él (o ella) espera la no – visita del visitante. Espera que no lleguen sorpresas cuando lo que él más quiere es el tormento. El tormento de seguir escribiendo esto y que el minutero (primo del segundero) avance (o no avance) rápida y lentamente.
No haré descripción alguna de sus cualidades, pues en boca mía se vuelven atrocidades. Pido perdón, mi amiga, si estás confundido, son los reflejos que me llaman a cada instante (y pensar que yo los invocaba en las vacaciones y ellos dichos en las costas del Atlántico, bronceándose con temperaturas de hasta cinco grados) y no puedo ignorarlos. Ya he perdido suficientes amigos.
Pero tú, mi amigo, tú no me abandones. Abandona al que escribe cuentos a sus amigos. Olvida al que no para de hablar en metáfora (Ah, cobarde de mierda que no dice las palabras directamente). Su intención es buena pero él no lo sabe. El bastardillo sigue pensando en los espejos y la cópula (los primero están al borde del precipicio relamiéndose, sintiendo cerca el abismo. La segunda espera dos compañeros).
Se acaba la hoja y tú debes volver al hogar. Que no te preocupe los siguientes puntos suspensivos, son los número cuatro, los flequillos, las caras aindiadas, las melenas rubias, los vientres hinchados, los hijos desparramados, los anteojos rotos, los compañeros de la ingratitud…